Guerra y Paz del conde León Tolstoi

El 13 de junio, Napoleón, montado sobre un caballo árabe de pura sangre que acababan de traerle, se dirigió al galope a uno de los puentes del Niemen ensordecido por los gritos de entusiasmo que soportaba, sin duda, porque no podía impedir que sus soldados expresaran así el cariño que le profesaban; sin embargo, aquellos gritos que lo acompañaban por doquier le molestaban, lo distraían de las preocupaciones de índole militar., que absorbían su atención desde que se había reunido con el ejército. Atravesó uno de los puentes, vacilante sobre las barcas, y, al llegar a la otra orilla, giró hacia la izquierda y galopó en dirección a Kovno, precedido por una escolta de cazadores de la guardia montada, entusiasmados y aturdidos de satisfacción, que le iban abriendo el camino. Al llegar al ancho cauce del Vístula, se detuvo junto a un regimiento polaco de ulanos, apostado en la orilla.

-¡Viva! –gritaron los polacos con el mismo entusiasmo, deshaciendo las formaciones y agolpándose para ver de cerca al emperador.

Napoleón inspeccionó el río; descabalgó y se sentó sobre un tronco de árbol a la orilla. Hizo una señal en silencio  y en seguida le trajeron un anteojo, que apoyó en el hombro de un paje que, muy feliz, se le había acercado corriendo, y se puso a mirar a la ribera de enfrente. Después se sumergió en el examen de un mapa que habían extendido entre unos troncos de árbol. Sin levantar la cabeza dijo algo, y dos ayudantes de campo corrieron hacia los ulanos polacos.

-¿Qué hay? ¿Qué ha dicho?- se oyó decir en las filas cuando se hubo acercado uno de éstos.

Napoleón había dispuesto que se buscara el vado para cruzar el río. El coronel polaco de los ulanos, un hombre apuesto de cierta edad, preguntó al ayudante, sonrojado y embrollándose de emoción, si le permitirían cruzar el río con sus hombres sin buscar el vado. Sin duda con el temor de una negativa, lo mismo que un chiquillo que pide permiso para montar a caballo, rogó que le dejaran atravesar el río a la vista del emperador. El ayudante contestó que probablemente Napoleón  no estaría descontento de aquella prueba de celo.

Apenas el ayudante hubo dicho esto, el viejo jefe bigotudo desenvainó la espada y, con la cara radiante y los ojos relucientes, gritó: “¡Viva!”. Y después de ordenar a sus ulanos que lo siguieran, se dirigió al río. Espoleó con ira al animal, que vacilaba, y se lanzó al agua, hacia el centro de la corriente. Hacía frío y se estaba a disgusto en el agua. Los ulanos tropezaban unos con otros y se caían de los caballos. Algunos animales se ahogaron y también algunos hombres; otros intentaban nadar hacia delante, hacia el otro lado. A pesar de que a media versta de allí había un vado, se enorgullecían de nadar y ahogarse en presencia de aquel hombre que, sentado sobre el tronco, ni siquiera miraba lo que hacían. Cuando el ayudante de campo, aprovechando el momento favorable, se permitió llamar la atención del emperador sobre la fidelidad de los polacos hacia su persona, el hombrecillo de la levita gris se levantó y, llamando a Berthier, empezó a pasear de arriba abajo y le dio órdenes, dirigiendo de cuando en cuando una mirada de disgusto a los soldados que se ahogaban y distraían su atención.

No constituía ninguna novedad para él que su presencia impresionara y precipitara a la locura del olvido de sí mismos a los hombres en todas partes del mundo, desde África hasta las estepas de moscú. Mandó que le trajeran el caballo y se fue a su campamento.

Se ahogaron cuarenta ulanos, a pesar de las barcas que enviaron para auxiliarlos. La mayoría de ellos fueron arrojados de nuevo a la misma orilla. El coronel y algunos soldados lograron atravesar el río y salieron al otro lado con grandes esfuerzos. Pero en cuanto hubieron puesto pie en tierra, con los uniformes chorreando de agua, gritaron: “¡Viva!”, mirando con entusiasmo al lugar donde poco antes había estado Napoleón. En aquel momento se consideraban muy felices.

Por la noche, Napoleón, después de dar orden de que se acelerase el envío de los billetes de banco rusos falsificados para introducirlos en Rusia y que se fusilase a un Sajón, dispuso que fuera inscrito en la Légion d’honneur, de la que Bonaparte era jefe, el coronel polaco que se había arrojado al río sin ninguna necesidad.

A finales del 2013, entre el 19 de noviembre y el 31 de diciembre, leí “Guerra y Paz”. Era un proyecto que tenía desde hacía tiempo. Mucho tiempo. Comencé a leer en la playa y terminé en un motel en los Estados Unidos. Durante más de un mes Tolstoi me acompañó, en casi todo.

No deja de sorprenderme que las casi 1800 páginas que tiene la novela, en la edición de Alianza Editorial,  sean en gran medida, un alegato, una declaración de guerra a una manera de contar “La Historia”, una argumentación en contra de los historiadores de su tiempo y su manera de concebir las causas y los efectos, en contra de la manera de hablar de los héroes, de tomar la parte por el todo, de generalizar, de hacer como si sí supieran.

Guerra y Paz reafirmó mi predilección por las obras escritas con coraje, con vehemencia, en contra de. Me sentí frente a Tolstoi, como Nikolai frente a María: “Comprendió que se hallaba ante un ser diferente y mejor que los demás, mejor que todos los que había conocido hasta entonces y, sobre todo, mejor que él”.

Es tal la inmensidad del proyecto artístico, es tan avasallante la calidad de su ejecución, tan ambicioso su objetivo (a mi entender replantear la manera como nos relatamos la vida). Es todo tan… que al terminar el libro solo me quedó un sentimiento de confianza en la humanidad y el silencio.

Estaba en un motel de carretera, en el ínfimo poblado de Lordsburg, Arizona. En cuanto cerré el libro sufrí una reacción muy peculiar. Llevaba apenas unas dos horas sentado, pero empecé a sentir una intensa comezón en las nalgas, me miré en el espejo y me di cuanta que estaba lleno de ronchas.

Hay ideas que siguen sacando ámpula.

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