Heroes, actrices y actores en un país atroz

La envidia es un sentimiento terrible.
Cuando lo experimento me siento sucio, pobre, triste. No me ayuda en nada, no me impulsa a nada. Me paraliza y me asfixia.
Pero hay una forma de la envidia que tiene que ver menos con los celos y el resentimiento y más con la resignación, la sumisión y la nostalgia. Una suerte de tristeza de no tener algo, pero una alegría de que alguien más lo tenga. Envidia de la buena. Esa fue la que experimenté ayer.
El Contexto:
Desde hace muchos años vivo entre actrices y actores. Les conozco y les quiero. Les admiro y les desprecio por igual. Me sé uno de los suyos y aunque a veces me cueste admitirlo, en el fondo soy más que nada un actor. Mi oficio es la profesión más antigua del mundo, porque en el fondo prostitutas y comediantes somos lo mismo. Casi lo mismo. Medio lo mismo. Distancia y proporciones guardadas, más lo mismo que otra cosa.
Los comediantes profesionales vivimos en la angustia, el miedo y la indefensión. A la espera de que otrxs se fijen en nosotrxs y nos elijan. Vivimos de la caridad de los extraños, diciendo palabras que no son nuestras en las que no sabemos si creemos o no. Contando historias que otrxs creían pertinentes y por otrxs me refiero cada vez menos a personas y cada vez más a ejecutivos. Sobrevivimos con el Jesús en la boca haciendo malabares entre nuestro arte y nuestro medio de subsistencia. Entre vivir y beber.
Cassavetes dijo que en la actuación la gente comienza con un sueño y termina con un trabajo.
Y más o menos todxs llegamos con una ilusión, con un entusiasmo, con una pasión.
Pero la realidad es tan pesada y la rutina tan voraz y el mundo tan ríspido que pocas veces tenemos espacio para experimentar el milagro que es intentar ser otrx o unx mismx en una situación inventada, la maravilla de ser vistx por deconocidxs y constatar la existencia propia en la mirada de lxs demás. Y esa fantasía es suplida por la realidad. Entonces nuestro día a día tiene que ver más con ponernos la armadura que nos defiende de ese sentimiento de humillación y ofensa que genera el rechazo. Y es que es casi imposible no sentir que a quien se rechaza es a unx. Esa terrible coincidencia entre instrumento e instrumentista. No es mi poema o mi canción lo que no les gustó, lo que no les gustó fui yo.
La inseguridad de lxs comediantes.
La Situación:
Los vi y sentí que la envidia me recorrió el cuerpo. Entre más los veía más quería verles, acercarme. Me conmoví. Mucho. Verles tan valientes, tan ilusionadxs.
Personas que se convierten en personajes y primero en soledad y luego con algunxs pcxs, sus amigxs y parejas, se permiten entrar a un mundo otro.
Sin pena y sin miedo.
Y poco a poco el acto íntimo se vuelve público, se pone frente a otrxs. La elección de la máscara en el sentido más osado. El placer de ser otro, de ocultarse y mostrarse a la vez.
Lxs veía llenxs de vida y de ilusiones. Hablando y mirando todo. Reconociéndose, seduciéndose, mostrándose. Haciendo a un lado la timidez y afirmando algo que a mi se me escapa pero es claro que es del tamaño del mundo, del tamaño de su vida y de sus ganas de vivir.
Me parecían superheroes enfrentados a una ciudad cruel en un país atroz. Un país en donde lxs jóvenes se tienen que cuidar de las ofertas de trabajo porque es bien sabido que algunas de ellas son puertas al infierno. Un país en el que la gente desaparece y no es noticia, en el que las autoridades de hoy, ayer y siempre han cuidado todo menos a las personas. Un país en el que es normal pedir a tus amigas que avisen al llegar porque existe la posibilidad tangible de que no lleguen. Un país indolente y cobarde con una clase política nauseabunda que inventa realidades y un coro de atribulados que repiten el cuento. Un país que confunde los puntos cardinales. Un hoyo negro de dolor en el que es normal ver fichas de búsqueda en las redes sociales y a grupos de madres buscando a sus hijxs.
Uno siempre romantiza lo que no conoce, pero en los ojos de esxs jóvenes está todo lo que hemos ido perdiendo, no solo como actores, sino como país.
Lázaro G. Rodríguez
(Las fotos son de Teresa Ruiz)