Emilia Pérez

Ya muchas personas que se dedican a la crítica cinematográfica se han tomado el tiempo de desmenuzar Emilia Pérez. No tengo mucho que agregar a lo que se ha dicho.

La película tiene una cosa que me interesa en el cine: es audaz formalmente. Pero también tiene mucho de lo que desprecio: es frívola, efectista, simplista, estereotipada, superficial, sentimental y boba.

Desde que se estrenó ha dado de que hablar, pues su cinismo ofende todo lo que toca: a la comunidad trans, a las personas de habla hispana, a las que de muchas maneras padecemos la violencia en México y lo que se vaya sumando.
Ofender no es un valor en sí mismo, aunque el hecho de que una película sea ofensiva para alguien tampoco la demerita en automático. Pero entonces vienen las preguntas: ofende en nombre de qué, para llegar a dónde, para mostrarnos qué. Y ahí es donde hace agua, conceptualmente Emilia Pérez es un extravío. Los problemas que emergen de la manera en la que lo trans es retratado los ha resumido bastante bien Paul Preciado en un artículo publicado en «El País» en donde señala todos los lugares comunes en los que cae la cinta, provenientes de la ignorancia y el desprecio a preguntar, pasa algo muy parecido con el tratamiento que se le da a la violencia en México, un problema real y complejo.

La película es ofensiva por frívola y corta de miras, por oportunista y básica. Por eso sorprendió tanto que a cineastas como Guillermo del Toro o Issa López les parezca que la película tiene valor como espejo de la realidad de México (jajajajaja). ¿Qué experiencia del mundo tiene que tener una persona para considerar que una película así nos da algún tipo de luz sobre algo? ¿Se acordarán que hay vida más allá de los Óscares? ¿Qué les hacen allá en Hollywood? En fin.

Pero de lo que yo quiero hablar es de algo que Emilia Perez hizo florecer, algo que ya estaba ahí, que ya existía pero que ahora explotó (o al menos yo apenas lo percibí):                            

La imposibilidad de canalizar nuestra indignación. La desorientación en la que muchos miles de mexicanos nos encontramos a la hora de encauzar el dolor que nos produce lo que pasa en nuestro país.

Desde antes de su estreno, las redes sociales se llenaron de comentarios, opiniones y similares de mexicanos indignados por las implicaciones éticas que tiene la representación de México dentro del film, por la manera en la que la película lucra con la realidad de un país rasgado por la violencia.

Para que no se nos olvide lo importante: la violencia que estalló en México desde el 2006, al inicio del sexenio de Felipe Calderon y que no ha parado, ha dejado alrededor de 450 000 personas asesinadas y unas 386 000 desplazadas. Pero quizá la cifra que más dramáticamente sintetiza la tragedia que vivimos en México son las más de 100 000 personas que están desaparecidas y por eso me concentraré en ellas. 

El inicio del sexenio de López Obrador fue prometedor respecto al tema, porque puso al frente de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas a Karla Quintana que impulsó el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, que era un reconocimiento del problema. no era perfecto pero era un esfuerzo por asumir responsabilidad desde el Estado. Entre el mandato de la Comisión estaba crear un Programa Nacional de Búsqueda en un lapso de 180 días: el programa sigue sin existir.
A finales de 2023 el gobierno de López Obrador propuso una nuevo “censo” de desaparecidos. Colectivos de víctimas y especialistas se mostraron escépticos (por decir lo menos) de la metodología propuesta,  pero el gobierno hizo ese “censo” y redujo los números de desaparecidos en lo que a mi parecer fue el episodio más vergonzoso de ese sexenio: desaparecer a los desaparecidos.
Karla Quintana que se negó a aceptar ese censo y fue calumniada por el presidente, después renunció. El 2 de enero durante la celebración del día del policía, Alfonso Durazo el gobernador de Sonora hizo las siguientes declaraciones: “En uno de los problemas que se presenta con frecuencia, estamos viendo cómo los familiares se inconforman por la ausencia de uno de sus integrantes. Quiero decirles a ustedes y a la sociedad que en el 97.2% de los homicidios que ocurren en el Estado las víctimas se esmeraron en el transcurso de su vida en crear un entorno de riesgo en virtud de las actividades ilegales en las que se involucraron”. 

Lo que quisiera ejemplificar, es que en los últimos años no han faltado situaciones para indignarse con respecto a lo que ha pasado con los desparecidos y las víctimas de la violencia. Pero ninguno de estos sucesos despertó una indignación tan extendida como la que levantó Emilia Perez. No produjeron ni la mitad de tweets, ni la mitad de reclamos airados, ni la mitad de memes. Ni la mitad.

¿Pooooooooooooooorrrrrrrrrr?

Muchas personas insistimos durante años en el poder de la representación, en la manera en la que las representaciones construyen realidad. Pero me temo que hemos cruzado una línea, porque ahora nos termina indignando más la falta de ética en la representación que la realidad que da pie a esa transgresión.
Es como si muchas personas sintiéramos que nuestro único campo de acción política es la representación. Pero ya sabemos que el mapa no es el territorio ni la representación es la realidad y el problema de lxs desparecidos no se va arreglar con nuestra indignación contra un producto cultural. Es más, pareciera como si esta furia lograra desplazar del centro, una vez más, a las víctimas reales. Ahora el sujeto a “proteger” es “México o el sur global” pero no las personas concretas, la representación del problema y no el problema en sí.

¿Por qué nos enoja más Emilia Pérez que el estado de cosas que la película frivoliza y capitaliza?

Esta confianza desmedida en la representación y sus efectos en la realidad, revela una especie de simulacro en el que hemos convertido nuestra existencia, una especie de lucha contra las sombras. Esa certeza de que la violencia real está amparada por la violencia simbólica y que combatir una implica de facto combatir la otra.

Una especie de extravío político en donde simulamos la incidencia de nuestras acciones con respecto al fondo de las causas con las que buscamos comprometernos.
No estoy intentando decir que la indignación que produjo la película sea falsa o fingida. Es real  y muy sentida. Pero creo que está desfasada, extraviada. A fin de cuentas a Audiard le importan tanto los desaparecidos, como a la inmensa mayoría de los mexicanos, incluidos a quienes nos indignó Emilia Pérez.

Lázaro G. Rodríguez

Pd. En este texto como en todos los demás, muy agradecido con el de arriba y con Luisa Pardo y Sergio López Vigueras.

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