Tradición e innovación

Este texto fue leído durante el coloquio: Tradición e innovación en el teatro, organizado por Teatro UNAM. Participamos Hugo Hiriart, Alberto Villarreal y yo mero. Juan Villoro fue el moderador.

A continuación realizaré algunas anotaciones a partir de las ideas de dramaturgia y relevo generacional que me parecen pertinentes.

Nota al pie: ninguna idea es mía, todas son robadas.

Hasta hace no mucho la estabilidad de los vínculos (territoriales, familiares, fraternales, laborales) era el presupuesto a partir del cual pensábamos nuestras estrategias de intervención (conservadoras o innovadoras, reformistas o revolucionarias), hoy la sensación creciente es que toda experiencia compartida se despliega sobre un fondo de contingencia, fragilidad e incertidumbre. Y este es el tipo de experiencia social que produce la economía de mercado.

Amador Fernández-Savater

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La obra que uno realiza, está ligada ineludiblemente a las creaciones que la precedieron, son leídas en relación a lo ya visto, adquieren sentido, en cierta medida, a partir de la puesta en relación con lo que sucedió antes, con cierto estado de cosas.

El subtítulo de esta plática, presupone que se podría trazar una suerte de lucha de posicionamientos estéticos a partir de la edad de los creadores o de su pertenencia a cierta generación, yo creo que no es así.  

Por mi parte pienso que el pasado se elige, cada quien inventa su pasado, lo escoge y decide como se sitúa frente a el. Cada quien crea su propio árbol genealógico y, en mi caso, construyo a partir de las ideas que otros artistas pusieron en juego. Por contraste o adherencia.

El caso del teatro mexicano me parece particular, por la dificultad que ha tenido para realizar relevos generacionales y para aceptar la coexistencia de propuestas disímiles.

Hace no tantos años Juan Bustillo Oro y Mauricio Magdaleno por un lado y Jorge Ibarguengoitia por otro, se alejaron del teatro. Renunciaron a un medio que se les presentaba hostil, por no alinearse al canon imperante que en aquella época representaba cierto señor y al día siguiente representó cierto otro. En las cartas de renuncia, se puede percibir una asfixia ante un medio que no permitía, y sigue tolerando poco, la discrepancia.

El “teatro de ahora”, como nombraron Bustillo Oro y Magdaleno a su proyecto, fue abandonado a su suerte, es decir les fueron cerradas todas las puertas, a pesar de la (ahora indudable) pertinencia de las  ideas que pugnaba por poner en circulación. Por su parte Jorge Ibarguengoitia cansado de lidiar con los egos de Usigli, los de sus “discípulos estrella” y el suyo propio, acabó admitiendo que tenía facilidad para el diálogo pero no para mantenerlo con la gente de teatro.

Estos dos ejemplos me parecen paradigmáticos de como se ha lidiado con lo diferente en el medio teatral de nuestro país, en donde más que un diálogo o una confrontación de presupuestos estéticos, veo una especie de carrera por conseguir o preservar privilegios. Una “meritocracia” ligada a conceptos como fidelidad y a la noción de clan. El teatro ha logrado importar el modelo del autoritarismo priista a lo más profundo de su seno y para muestra basta una Compañía Nacional (maximato, paternalismo, opacidad, dedazos, nepotismo, etc). Ya entrados en gastos y en este esquema, los alumnos, por lo general, han tratado de hacer el teatro lo más parecido posible a como lo hacen sus maestros, alinearse al canon que establece el caudillo en turno. En balance no veo una lucha generacional de principios artísticos, sino una continuación infecunda de estéticas que si ya estaban caducas cuando ciertos “maestros” las cultivaron, a saber como estarán ahora.

En el teatro mexicano se entiende la tradición de la siguiente manera: lo que es como lo que debe seguir siendo. Qué conservadurismo más extremo. Y así nos va.

Dos condiciones me parece que han posibilitado este estado de cosas. Uno, el progresivo alejamiento de los intelectuales del teatro. Y dos, la imposibilidad o incapacidad de los alumnos de teatro por acceder a lo que se ha hecho y se hace en el teatro en el mundo.

Después de la luna de miel cachondona que fue Poesía en Voz Alta, Octavio Paz vivió un progresivo alejamiento del teatro, algunos dicen que por influencia de Bretón y otros que por el fracaso de su hija de Rapaccini, haiga sido como haiga sido, nunca hubo una sección de teatro en la revista “Vuelta”. El grupo de Nexos tampoco dio espacio a este arte. Fuentes, que al final de su vida me consta que fue muy aficionado al teatro… en Londres, no se paraba en un teatro en México ni por equivocación. Monsiváis que salió a defender de Ibarguengoitia a no se quien, sabía tan poco de teatro como de muchas otras cosas de las que se ocupó.

Mientras tanto, más allá de nuestras fronteras, los pensadores no solo se interesaron por el teatro sino que el teatro se interesó por ellos: Roland Barthes, Ranciere, Didi Huberman, la Sontag, Agamben y muchos otros se han ocupado ampliamente del teatro. Toni Negri no solo ha escrito sobre teatro, sino que a últimas fechas se ha lanzado a hacerlo y Zizeck convoca a dar clases en la maestría que coordina a Heiner Goebbles.

La consecuencia de que los intelectuales se hallan alejado tanto del teatro en nuestro país, fue que el intercambio de ideas se empobreció. En México desarrollamos un teatro sin oposición, en el que los “Maestros” predican al coro y el coro canta.  

El teatro no son los textos de la misma manera en que el mapa no es el territorio, éste solo se experimenta cuando se presencia y aunque hoy en día nos podemos dar una idea de los materiales a partir de las grabaciones en video de lo que sucede en el mundo… por mucho tiempo no fue así. Me resulta escalofriante pensarlo en relación al cine: un estudiante de cine en el DF crece viendo a Bela Tarr, a Kaurismaki y a Claire Denis de la manera más natural y no solo eso, puede ir al café Internet más cercano y ver toda la historia de su medio… en el teatro la gran mayoría de los estudiantes no tienen acceso (por falta de información, que no de recursos) a los grandes creadores de su tiempo, ya no se diga a los desden antes. ¡Sería como imaginarnos a una generación de cineastas cuyos referentes fueran exclusivamente Fons, Cazals y Ripstein. Ora pro nobis.

Ante el dogma, la experiencia. Todo lo que diga un maestro de literatura se desvanece en el momento en el que el alumno se enfrenta a Guerra y paz, pero imaginemos a escritores que no pudieran leer a Dostoievski ni a Joyce ni a Vila Matas. A pintores que no pudieran ver a Delacroix a Hockney o Neo Rausch ¿qué clase de cuadros pintarían, qué clase de libros escribirían?

El teatro en México ha consolidado mecanismos de validación que poco tienen que ver con el arte y mucho con la política, procedimientos que han alejado a los inteligentes y han conservado a… otros.

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Las obras de arte significativas permanecen como meras indicaciones de otras bien logradas. Las grandes veladas de teatro me fascinan más como promesa que por su cumplimiento.

Adorno

Pero no pienso que todo está perdido, al contrario. Creo que más allá de las prácticas hegemónicas, ha existido en México una constelación de creadores, que si bien no comparten estéticas, fines, ni medios; me parece que trabajan y trabajaron en posiciones (más o menos) liminales y conforman, a mis ojos, un mapa de esperanza. Su diálogo naturalmente se establece en algunos casos entre ellos, pero también con personas de otras disciplinas, con creaciones y creadores de otras latitudes, las ventajas del Internet.

Estos creadores se podrían agrupar dentro de lo que Lehman nombró como teatro posdramático. Pertenecen a varias generaciones, tan dispares que unos podrían ser papás de otros. Y lo que desde mi punto de vista comparten, es un desplazamiento del drama en sus obras y una problematización de los materiales textuales.

Si en la dramaturgia tradicional, “se pretendía erigir un cosmos ficticio, de modo que la fantasía y la empatía de los espectadores contribuyeran a la ilusión”. “Hoy en día estos elementos han dejado de ser el principio regulador. Y se convierten en una posibilidad entre otras dentro del arte del teatro”.

«A través de este acercamiento al texto, el teatro deviene presencia más que representación, experiencia compartida más que comunicada, proceso más que resultado, manifestación más que significación, energía más que información, información más que drama.»

Ante gran parte del teatro de los que generacionalmente serían mis padres solo siento indiferencia. No busco matar ni derrocar a nadie en la medida en que no aspiro a ocupar ninguna posición o nicho que estén ocupando ellos. Nuestra idea sobre el teatro, nuestros presupuestos estéticos y nuestros referentes son tan distintos que aunque ambos llamemos teatro a lo que hacemos, no encuentro vasos comunicantes sobre los que se pueda construir.

Louis Althusser, que también se ocupó largo y tendido del teatro, define la ideología como la “representación imaginaria que se dan los hombres de sus condiciones reales de existencia”. El teatro que me interesa es aquel que busca redefinir esa representación imaginaria de lo que somos y de lo que fuimos.

Que incluya la presencia, la readmisión y la continuación de estéticas antiguas. El arte no se puede desarrollar sin remitirse a formas anteriores. Hoy en día se trata de cuestionar la consciencia y sobre todo la productividad de la referencia.

Este objeto nuevo, introducido en la burbuja del arte, ¿genera actividad, pensamiento, o no? ¿Tiene una influencia en dicho espacio tiempo y, si tal es el caso, que tipo de proyección permite?

Ya decía Machado, el pasado también se inventa.

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