Michoacán

Durante meses sólo he escuchado de incendios en Michoacán.

Hace unos años visité el estado con cierta regularidad, tal vez no lo visité tanto, pero pensé mucho en él. En aquellos tiempos se hablaba mucho de “la familia michoacana”, hoy se habla de las autodefensas y de “los caballeros templarios”, durante meses he leído sobre la emergencia que se vive acá: La ruana, Cherán, Los Reyes, Aguililla y otros lugares que ni siquiera el morbo consiguió fijar en mi recuerdo.

Fue aquí donde Felipe Calderón declaró, al principio de su sexenio, la “guerra contra el crimen organizado”, es aquí donde hoy se vive, tal vez, la situación más dramática en cuanto a violencia en el país.

Esto pienso en el camión antes de llegar a Uruapan, eso pienso desde hace semanas, desde que se que voy a venir a Michoacán.

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Al llegar a la terminal de camiones, un señor me espera con un letrerito pequeño y escrito a mano que dice: Gabino Rodríguez. Es raro ser recibido así en una terminal de camiones, lo que en cualquier aeropuerto parece de lo más normal, aquí se siente fuera de lugar, poco a poco todo en Michoacán me empieza a parecer fuera de lugar. Nos subimos al taxi que Feliciano conduce, me habla de muchas cosas, él es originario de Angahuan y pasó un tiempo trabajando en Estados Unidos, con lo ahorrado, acaba de comprar un terreno para empezar a construir su casa. Su mujer, dos hijos y él dependen del taxi en el que salimos de Uruapan por la carretera que va a Los Reyes.

La mayoría de las cosas que me dice me tranquilizan, no hay mejor remedio contra el miedo que acabar con los prejuicios. Después de media hora llegamos a Angahuan, una pequeña comunidad que está a las faldas del volcán Paricutín. Zona aguacatera y maderera. La lengua oficial es el purépecha.

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El clima aquí es frío, en esta época, un desconsuelo. Mucha lluvia, combinada con un frío húmedo que te cala los huesos y te empapa los calcetines. 

Doy un primer recorrido y salta a la vista la pobreza del lugar. En las puertas de varias casas que parecen estarse cayendo hay letreros que dicen: “Piso Firme” y el logo del programa “oportunidades”. A lo lejos se ve el volcán. Me cruzo con la gente en las calles y contario a lo usual o a lo que  esperaba o a lo que quisiera, nadie contesta a mis saludos ni a mis inclinaciones de cabeza. Algunos bajan la mirada y otros se me quedan viendo discretamente a los ojos. No se si tienen miedo de mi, no se si yo debería tener miedo de ellos.

Esto es lo que al cabo de un mes acabé odiando más de Angahuan: su gente.

Hay fiestas en distintas casas, dicen que han durado tres días, pero parece que nunca van a acabar. Cuando anochece es un paisaje parecido al infierno. Para los que no lo conozcan, me refiero a gente borrachísima dando tumbos por las calles, niños corriendo en grupos seguidos por grupos de perros y mujeres asomadas a las puertas de sus casas envueltas en rebozos. Los hombres borrachos, las mujeres asustadas y los niños despiertos. Así es una noche de fiesta en Angahuan.

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Estoy aquí para actuar en una película. También estoy aquí para cumplir treinta años.

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En Angahuan hay “bocinas”. Todo comercio que se respete, desde la zapatería hasta las carnitas, tienen un megáfono conectado a un micrófono. A partir de las horas más insospechadas, los comerciantes toman el micrófono y se lanzan a tremendas peroratas, en purépecha, que supongo atraen a los clientes. Pero el problema, para mi al menos, es cuando se juntan seis o siete bocinas, ya decía Caparrós que la pobreza es el ruido. O algo así decía. Un ruido de fondo constante, monstruoso. El sonido de este lugar contrasta con su imagen, las mujeres usan en su inmensa mayoría una vestimenta típica que es espectacular. Y, según me enteré después, muy cara: un conjunto puede llegar a costar 4 mil pesos. Los hombres visten como quieren, los niños como pueden y los perros van desnudos.

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La película se llama Lucifer. La historia es, en muy resumidas cuentas, la siguiente:

Un día el pueblo amanece y ve que de una nube baja una escalera. María y su abuela Lupita se encuentran en el campo a un peregrino que las ayuda a salvar a uno de sus borreguitos, que se había metido en una cueva. Agradecidas lo invitan a su casa, en donde está Emanuel, hermano de Lupita que lleva varios años sin caminar. El peregrino hace que Emanuel vuelva a caminar, tras lo que todos lo consideran un santo milagroso. Emanuel, Lupita y María ofrecen una fiesta en honor al nuevo visitante. Durante la fiesta el peregrino lleva a María a una cabaña y pasa un rato a solas con ella. A la mañana siguiente desparece. A partir de este momento comienza un periodo muy complicado para María y Lupita, María se da cuenta de que está embarazada y el pueblo poco a poco las va segregando. Primero de la iglesia, luego del pueblo en general. La película termina cuando María da a luz.

Yo interpreto al peregrino, a Lucifer.

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Tomando una cerveza con Santiago, una especie de cholo Angahueño, que se esfuerza por parecer lo más cholo que puede, me entero de otras cosas: “Las bocinas no solo sirven para anunciar cosas, ese, nou. Hace como un año unos intentaron llevarse a unos de aquí, las bocinas empezaron a informar y en minutos todas las calles que podían servir como salidas estaban bloqueadas con carros, troncos y piedras. Al final a los que se los que se los querían llevar los dejamos ir con vida”.

Después me enteró que los unos son narcos. Y supongo que los otros también.

“Ellos ya saben que no se pueden meter, que nosotros nunca nos dejamos, y por eso ellos ya no vienen para acá, aunque hay algunos de aquí que se juntan con ellos, no se meten con nosotros, ni nosotros con ellos, si nos los encontramos en el monte no les decimos nada”.

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Dice Miguel Ángel Sánchez, auditor de contenidos de la agencia Quadratín::

Nunca ha sido fácil desplegar la cobertura periodística que requiere Michoacán, pues su ascendente problemática urbana, agraria, forestal, territorial y política, siempre han planteado retos que debemos asumir.

El enero de 2002, había una fuerte demanda periodística por la caída del PRI y el ascenso al poder de una promisoria izquierda encabezada por Lázaro Cárdenas Batel, pero ese evento lo cambió todo.

A partir de entonces la situación se complicó: se desbordó la delincuencia –lo mismo la organizada que la del fuero común- y la lucha por los territorios alcanzó niveles de violencia sin precedentes. Adicionalmente, la guerra declarada por el presidente Felipe Calderón multiplicaba los escenarios de combate en todo el estado, generando oleadas de “daños colaterales”. Las cabezas literalmente rodaban en toda la entidad.

Las amenazas y desapariciones de personas crecieron. Esos casos inevitablemente trastocaron el quehacer de los medios de comunicación. Entre 2009 y 2011 desaparecieron o fueron encontrados torturados y muertos Mauricio Estrada Zamora, de La Opinión de Apatzingán; Javier Miranda, del periódico Panorama de Zitacuaro y de la Agencia  Cuadratín; Enrique Villicaña Palomares, de CB Televisión; Hugo Olivera Cartas, de ADN de Apatzingán y de la Agencia  Cuadratín; Ramón Ángeles Zalpa de Cambio de Michoacán, y María Esther Aguilar, también de Cambio de Michoacán.

Ninguno de estos crímenes ha sido esclarecido por las autoridades.

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Tomando una cerveza con Santiago, una especie de cholo Angahueño, que se esfuerza por parecer lo más cholo que puede, me entero de otras cosas: “Las bocinas no solo sirven para anunciar cosas, ese, nou. Hace como un año unos intentaron llevarse a unos de aquí, las bocinas empezaron a informar y en minutos todas las calles que podían servir como salidas estaban bloqueadas con carros, troncos y piedras. Al final a los que se los que se los querían llevar los dejamos ir con vida”.

Después me enteró que los unos son narcos. Y supongo que los otros también.

“Ellos ya saben que no se pueden meter, que nosotros nunca nos dejamos, y por eso ellos ya no vienen para acá, aunque hay algunos de aquí que se juntan con ellos, no se meten con nosotros, ni nosotros con ellos, si nos los encontramos en el monte no les decimos nada”.

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Pasé varios días sin tener llamado, leyendo o escribiendo  o pensando. El 26 de agosto de 2013, en uno de los pocos momentos en que el territorio Telcel incluye a Angahuan, me llega una noticia al celular:

El ejercito detiene a Gregorio Abeja Linares, alias “el güero abeja”, jefe de plaza de los caballeros templarios.

Ciudad de México, 26 de agosto (SIN EMBARGO, provincia) Eduardo Sánchez Hernández, vocero del gabinete de seguridad del gobierno federal, confirmó que el pasado 20 de agosto fue detenido “el güero abeja”, uno de los principales responsables de la violencia generada en Michoacán y quien contaba con 4 averiguaciones previas.

La PGR ofrecía, una recompensa de hasta 3 millones de pesos, la cual no se pagó porque la detención la realizó el ejército mexicano.

El detenido ya se encuentra recluido en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, en el estado de Jalisco y podría alcanzar hasta 40 años de prisión.

Según Luis Astorga, investigador en temas de crimen organizado, cada vez que se captura a un narcotraficante “importante” se desata una pequeña ola de violencia por los reacomodos necesarios para ocupar el espacio vacante. Así que la noticia me parece una mala noticia y paso la noche en vela, preocupado por lo que pueda pasar.

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Me acercó al hombre y le quito las botas, no usa calcetines y sus uñas tienen unas costras negras enormes, una mezcla de tierra y quien sabe que más. Sus pies huelen muy agrio, muy fuerte, mi nariz está a unos treinta centímetros de las costras y el olor es muy fuerte a bacterias. Tomo un poco de agua con una taza y la vacío sobre sus pies, me unto las manos con una abundante cantidad de jabón en polvo y comienzo a tallar esos pies con mis manos, a masajearlos. No me atrevo a tocar las uñas pero entre más agua cae sobre las uñas la costra se va disolviendo. Paso un buen rato limpiando los pies de este hombre y lo hago varias veces porque hacemos varias tomas. Por un lado me siento bien por la nobleza de mi acción y porque me imagino que lleva años sin que alguien le toque los pies y a mi me gusta cuando me tocan los pies, así que espero que a él le guste cómo le toco los pies, cómo se los limpio. Cuando acaba la escena , él con los pies todavía húmedos, se vuelve a poner las botas negras (por dentro y cafés por fuera) y se aleja caminando.

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Tengo algunos días libres durante la filmación, y los aprovecho para ir a Uruapan, también me doy cuenta de que es posible que estando en Uruapan cumpla 30 años.

No se donde festejarlo y no conozco a nadie en la ciudad. Un taxista me recuerda que fue en Uruapan donde la Familia Michoacana declaró la guerra a los zetas  y como para que no se olvidarán de que algo iba a cambiar, rodaron seis cabezas en la pista de un bar en Uruapan. El bar se llama Sol y Sombra. Y considero que sería el lugar ideal para festejar mi cumpleaños y de paso comprobar que la edad no significa nada y que uno puede seguir siendo un imbécil frívolo a pesar de estar a punto de cumplir 30 años. Y sí, el bar no está clausurado. ¿Debería estarlo?

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La historia del narcotráfico en Michoacán es larga, dice Guillermo Valdés Castellanos: desde siempre fue un estado que produjo mariguana. Su incorporación al circuito de las grandes organizaciones nacionales del narcotráfico se dio de la mano de Los Valencia, que no solo aprovecharon la producción de droga, sino que utilizaron el territorio para el trasiego de cocaína. La importancia del puerto de Lázaro Cárdenas, y las vías de comunicación lo convirtieron en un punto estratégico.

El hecho de que Michoacán no estuviera controlado por el cártel de Sinaloa sino por una organización mucho más pequeña, Los Valencia, hicieron que Osiel Cárdenas mandara a su brazo armado: Los Zetas. Este grupo entró en Michoacán en 2001, por medio de dos comandantes Efraín Teodoro Torres, el Zeta 14, y Gustavo González Castro, El Erótico. Derrotaron a Los Valencia y se quedaron con el territorio, imponiendo de inmediato un esquema que incluía extorsiones a productores de aguacate, negocios grandes y pequeños que durante cinco años padecieron a Los Zetas.

Pero algunos michoacanos que trabajan para los Zetas, se independizaron y se presentaron como una nueva organización: La Familia. Le declararon la guerra a los Zetas y buscaron expulsarlos del estado. La Familia se presentó con dos acciones. El 6 de septiembre, un comando irrumpió en un centro nocturno de Uruapan y lanzó a la pista de baile seis cabezas de miembros de los Zetas, dejaron una nota que decía:

“La Familia no mata por dinero, no asesina mujeres ni gente inocente; solo ejecuta a quienes merecen morir. Todos deben saber esto… esto es justicia divina”. Dos semanas después publicaron en varios periódicos de la entidad en los que se expresaban las razones y objetivos de su organización: imponer el orden en Michoacán, erradicar el secuestro, la extorsión telefónica. Los asesinatos por paga, los asaltos en carretera y el robo a casas habitación. El manifiesto termina con un llamado a la sociedad michoacana para que otorgue su comprensión y ayuda a la cruzada  de La Familia contra el crimen.  Desde su origen La Familia se presentó como una organización producto de la misma sociedad que busca defenderla de los criminales extranjeros y de los malos gobiernos. Un discurso mesiánico y presuntamente defensivo, para una organización cuyos objetivos, el tiempo lo demostró, fueron la participación en mercados ilegales y actividades delictivas mediante el uso indiscriminado y brutal de la violencia.

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No me atrevo a entrar al Sol y Sombra y paso mi cumpleaños en un cuarto de hotel en el Pie de la Sierra. Solo y en un arrojo por conocer las condiciones del narcotráfico en el estado que tanto ha sido lacerado, me decido a probar la mercancía local.

Y es francamente lamentable.

La acabo tirando.

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Regreso a Angahuan a filmar. Han construido una torre en la iglesia que está en las faldas del Paricutín. La torre es enorme, está hecha de madera. La gente la mira con desconfianza, en donde no había nada ahora hay algo. El cura del pueblo construye la torre para alcanzar la escalera por la que ha llegado y se ha ido el peregrino. Una obra titánica para hacer volver al que se ha ido, para alcanzarlo en su huida.

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Me avisan que voy a tener otros días libres.  Y decido volver a Uruapan.

Entro por la puerta del Sol y Sombra y es evidente que no pertenezco al lugar. Por lo menos para los demás. Pido una cerveza y observo a la concurrencia desde la barra. Avanza la noche y veo a la gente bailar, parejas, pequeños círculos. Cuando suena la canción “del sonidito”, las mujeres hacen un círculo alrededor de los hombres y todos empiezan a realizar una especie de partido de futbol imaginario en cámara lenta. Pero no se juega con una sola pelota sino con 6 pelotas imaginarias, que representan las 6 cabezas que en esa misma pista se rodaron hace casi siete años.  Uno hace como que patea una cabeza, una muchacha con escote imita una recepción de pecho, golpea con sus muslos la cabeza y la pasa a un joven que con botas vaqueras pisa la cabeza y envía un pase raso a otra mujer que de primera intención y parte interna toca hacia el centro del círculo, dos hombres corren hacía la pelota imaginaria. Simultáneamente otras cinco cabezas “bailan” por el lugar. Es un juego con pelotas imaginarias, de gente imaginaria, que tuvieron problemas imaginarios, con un fenómeno imaginario en un estado de cosas que nadie nunca jamás se imaginó.

Gabino Rodríguez

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