La presencia y la ficción

Pedro Costa:
 
 “Vanda tendría otro origen o punto de partida, que corresponde quizá a lo único que tengo de bueno, si puede decirse, y es que creo profundamente en la presencia de ciertas personas. Eso viene de lejos, del origen del teatro, que debió de empezar así: bastaba que un tipo estuviera de pie y hablara y que hubiera otro que creyera en él. Que haya alguien que cuente. Es necesario que esté ahí, puesto que es él el que define el espacio. De tal manera que no sé ni pensar ni encuadrar si no tengo algo humano ante la cámara. Tengo el deseo y la convicción de que todo empezó por ahí. Por la entera presencia de alguien en un espacio controlado, dominado. Un encuadre, un texto que va a hablar a la gente, que va a anunciar, a inventar. Eso basta. Es mucho, viene de muy lejos, pero también es muy poco, entonces todo me vale, o casi. Cuando ruedo allí, en el barrio, cuando hago películas como las mías con gente como Vanda, Ventura, eso es evidente para todo el mundo, no sólo para mi. Creo profundamente que hay un trabajo que hacer y que basta con creer en la presencia de alguien. Hace falta saber quién es ese alguien, de dónde viene, cuál es su historia. Él se encuentra con que yo estoy en ese medio, en ese barrio, luego todo viene del mismo lugar, del mismo sufrimiento, del mismo agujero. Y, lo que también es muy importante, todo mira hacia el mismo horizonte. Sean jóvenes o viejos, mujeres o niños, hay en común esta especie de horizonte, o de ausencia de horizonte. Pero no de ilusión: la realidad no está nunca de rebajas.
De manera más precisa, diría que entre el otro y yo es muy combativo, nunca estaremos de acuerdo. No comprende, no sabe lo que quiero hacer, pero extrañamente cree en mí. Y yo creo en él, de esta misma manera extraña, sin conocer su pasado personal, secreto. Ventura o Vanda me dicen a menudo: “No creo ni por un momento que puedas conocerme, que puedas saber lo que he vivido”. Y respondo: “Está claro.” Hay un respeto, una distancia, un horizonte común. Con Vanda es diferente, quizá sea la diferencia de sexo. Pero con Ventura, es así. Me digo que es el agujero entre nosotros lo que va a hacer la película y no otra cosa. Es ese agujero negro, ese abismo que no comprendo, que seguramente él tampoco: lo que soy, de dónde vengo, qué voy a hacer, “¿qué es esto del cine?, ¿qué es lo que éste quiere contar sobre mí?”. Es muy combativo y eso trabaja.

Todo esto para decir que el barrio me ha permitido liberarme completamente de la idealización de mis primeras películas, de toda la cinefilia que había en mí, que todo el mundo lleva a sus espaladas. Me he liberado porque sabía que me iba a quedar. Durante el rodaje de Vanda comprendí que no sería sólo para esa película, sino para una larga temporada. También quizá porque tenía miedo de irme de allí, no sabría qué hacer en otra parte, no tengo ideas para guiones. Fuera como fuera, sabía que me iba a quedar, que podía hacer una película buena, mediana, mediocre o muy mala, y después hundirme allí como un viejo punky, beatnik, poeta o no sé qué, sin hacer nada y quizá entrar… Había ese riesgo, lo sentí, con la heroína. El anonimato total.

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